n el año 1960 moría en un
accidente automovilístico, sospechado por algunos de atentado, Albert Camus, viajaba junto a su editor Gallimard, quien milagrosamente salvó su vida.Dejaba como lujoso legado sus novelas, sus obras de teaatro y sus ensayos filosóficos. De estos últimos “El hombre rebelde” es el
que quiero traer a colación para ensayar, yo también, mucho más modestamente,
mi pensamiento sobre la inteligencia emocional basada en el odio.
Un odio y un resentimiento
que se han viralizado, como se suele decir ahora de los videos que se propagan
en las redes. Porque sin duda polucionan con excesiva eficacia, pero además
enferman y aniquilan el sentido común, el entendimiento de la realidad que
campea entre los integrantes de la sociedad de hoy. Formatean las
subjetividades.
Si nuestra inteligencia de
los hechos, de lo que pasa cotidianamente, procede a partir del odio y el
resentimiento, se naturaliza, de la misma forma que explica Camus en su libro,
o sea que se propaga, como la ideología que justifica el asesinato. Si bien el
francés de Argelia, con la experiencia de esos dos mundos antagónicos, refería
su pensamiento al holocausto y decía que el sentimiento de rebeldía rechazaba
por igual la opresión tanto desde el sufrimiento del esclavo como desde la
mirada del hombre libre, no ponía todavía de resalto el sentimiento de odio o
resentimiento como nuevo ingrediente psíquico sumado a la razón.
Transcribo a Camus: “¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre
que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que dice
que sí desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes durante
toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ¿Cuál es el
contenido de ese “no”? Significa, por ejemplo, “las cosas han durado demasiado”,
“hasta ahora, sí; en adelante, no”, “vas demasiado lejos”, y también “hay un
límite que no pasaréis”. En suma, ese “no” afirma la existencia de una
frontera. Vuelve a encontrarse la misma idea de límite en ese sentimiento del
rebelde de que el otro “exagera”, de que no extiende su derecho más allá de una
frontera a partir de la cual otro derecho le hace frente y lo limita. Así, el
movimiento de rebelión se apoya, al mismo tiempo, en el rechazo categórico de
una intrusión juzgada intolerable y en la certidumbre confusa de un buen
derecho; más exactamente, en la impresión del rebelde de que “tiene derecho
a…”. La rebelión va acompañada de la sensación de tener uno mismo, de alguna manera
y en alguna parte, razón”.
Albert Camus con este párrafo da
inicio a “El hombre rebelde”.
Para él la conciencia surge con la rebelión, que supone la afirmación del
hombre como dignidad, como principio fundamental que nada ni nadie pueden
despojar. Reconoce la figura de la persona como individuo que merece ser
respetado por el simple hecho de ser persona. Es el surgimiento del todo o
nada, o el hombre es libre o es preferible morir por la libertad que sucumbir a
la esclavitud. La rebelión no es egoísta, la misma dignidad que exige para sí
la concede como natural a todas las personas. Para Camus no sólo es rebelde el
oprimido, sino el que estando libre observa la opresión del otro al que debe
rescatar. La reivindicación de los derechos humanos es responsabilidad de todos
los hombres y mujeres.
Si el rebelde oprimido, o
sea el esclavo, tanto como el rebelde que estando libre observa la opresión del
otro suman odio y resentimiento a su rebeldía desvirtúan el sentido prístino o
genuino de esta rebeldía, la degradan, le quitan o le mutilan su vertiente
solidaria fundada en el amor por el otro.
El sentimiento antagónico
del odio es el amor, el del egoísmo el altruismo. En el amor y el altruismo se funda la redención y se
posibilita la construcción del colectivo solidario. La profunda diferencia
entre el Dios del antiguo testamento y el de los evangelios cristianos es que
en este último se pone el acento en el “amaos los unos a los otros” mientras
que en el primero se privilegia el castigo, la punición constante de Dios hacia
los pecadores que se apartan de su mandato divino. En cambio Cristo, hijo de
Dios y Dios mismo para los creyentes, habla de “perdón” y de “piedad”, de “fe”,
“esperanza” y “caridad”, las tres virtudes teologales consagradas.
¿Por qué los traigo a
colación junto al pensamiento de Camus? Ante todo porque integran un ideario
común basado en una inteligencia emocional orientadora de una “inteligencia
intelectual” que lleva a la paz y al entendimiento entre quienes componemos la
especie humana.
Los sentimientos de odio y
resentimiento son siempre desdeñables y nocivos. Prohijan envidias y traiciones
y desembocan fatalmente en la violencia y el asesinato. En las páginas de Camus
encontramos la todavía reciente experiencia histórica de destrucción y
holocausto de las dos guerras que inspiraron su pensamiento, en Cristo la
redención de un pueblo sojuzgado y sometido a la hegemonía y brutalidad de la
Roma imperial de comienzos de nuestra era. En ambos hay la conciencia
coincidente acerca del amor, la solidaridad y el altruismo como componentes
emocionales de una rebeldía razonante y razonable, constructiva, redentora y fértil.
Es esta la rebeldía que debe
inspirarnos a los argentinos cuando nos proponemos transformar la realidad y
convertirla en digna, acogedora y útil a todos nosotros, la rebeldía del amor y
de la razón de amor.
Amílcar Luis Blanco.
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Mensuario de opiniones sobre política, economía y sociedad. Cable a tierra donde intento descargar las reflexiones, emociones y sensaciones que inspira en mi la actualidad; esa corriente incesante de sucesos que solemos denominar historia y que se nos deshace y nos deshace segundo a segundo...
jueves, 1 de noviembre de 2018
LA INTELIGENCIA EMOCIONAL DESDE EL ODIO Y EL RECUERDO DE ALBERT CAMUS
miércoles, 31 de octubre de 2018
LAS DOS DEMOCRACIAS. LA DE LAS TEORÍAS Y LA DE LOS HECHOS. DEL PLATONISMO A LA REALIDAD.
La elección de Bolsonaro como presidente de Brasil significa el derrocamiento de la democracia de las palabras, de la teoría política postulada como ideal desde la antigua obra de la filosofía griega, “La República” de Platón, por la “democracia” de los hechos. “Res non verba”, decían los romanos, es decir “hechos no palabras”.
Y la democracia de los hechos dista tanto de la pergeñada por la idealidad platónica como de la que llevó a Adolf Hitler al poder como canciller del Reich en 1933 por el masivo voto popular. Y también para la oligarquía conservadora, aliada hasta con el radicalismo y la izquierda, en 1946, el sufragio mayoritario que elevó al sillón de Rivadavia a Juan Perón, significó algo divergente y disolvente de aquélla democracia republicana y de principios que ellos sentían, y todavía sienten con los Kirchner como populismo ultrajante.
En realidad se trata de intereses contantes y sonantes y también de principios e ideas cuando quienes se postulan para el poder se someten al voto popular. Para algunos los intereses son sólo dinerarios, crematísticos, rentísticos, se viven sin principios, inescrupulosamente, y, para otros se defienden además principios e ideas de módica pretensión ética que, aunque no alcancen la perfección del supramundo de las ideas puras de Platón sirven para que todos vivamos un poco mejor y en una comunidad que aspira a realizarse, porque al pasar del mundo de la luz a la caverna de las sombras que describió Platón, se pasa de las ideas a la realidad y, ya en ella, o se privilegian las rentabilidades, la riqueza material, sin escrúpulos y sin vergüenza, como la que exhibe Bolsonaro, o se le da bienestar al colectivo humano del que todos formamos parte.
Del platonismo a la realidad existe la misma distancia que la que va del dicho al hecho, pero esta distancia debe cubrirse haciendo que cada uno de nosotros se experimente no como mero habitante que ocupa un espacio físico sobre el territorio nacional sino, profundamente, comprometido, como un ciudadano que actúa la democracia sabiéndose y sintiéndose integrante del colectivo humano. Sólo así nos libraremos de los Bolsonaro y de todos los que como él han tomado y toman el poder para ejercerlo y legitimarse con nuestra ligereza, falta de memoria, insuficiencia de información y, en suma, haber dejado morir la conciencia por un individualismo egoísta y frívolo.
No se trata únicamente de la enfática declaración contenida en el artículo 22 de la Constitución Nacional, “el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”, se trata, en cambio, de que esa representatividad se articule en los hechos y, para lograrlo, habría que agregarle a dicho texto “ y cumpliendo prioritariamente los mandatos que en sus plataformas políticas estos representantes han prometido al pueblo que los votó. Y en el caso de no hacerlo serán sancionados como infames traidores a la patria”
Amílcar Luis Blanco
martes, 23 de octubre de 2018
LA ERA DE JANO Y DE LA DOBLE INMADUREZ.

“Mientras los niños juegan al
descubierto
Los hombres, en agraz, soñamos en
secreto.
Cada traición que llega,
reiterada,
nos sacude otro sueño”
Amílcar Ovidio Blanco
Estos versos
escritos por mi padre pueden aplicarse para caracterizar la actualidad política
argentina y también evocan la condición del dios de la mitología romana Jano
que tenía dos rostros, uno mirando al futuro y otro al pasado ¿Por qué?
Porque los
niños que juegan al descubierto son Mauricio Macri y sus ministros. Ceos de
empresas cuyos únicos objetivos consisten en maximizar ganancias, para ellos,
ocuparse de la política, de las responsabilidades del Estado, es un juego. Un
juego ejecutado además sin culpas, como el de los niños y como el de los
psicópatas que carecen de empatía por sus semejantes.
“Los hombres
en agraz” que sueñan en secreto, habida cuenta que el término agraz refiere a
la inmadurez y habida cuenta también que el secreto supone la culpa de tener
más fantasías que sentido común, son aquéllos que los eligieron, que los
votaron para que sean gobernantes soñando, secretamente, con un “cambio” que
los redimiera, que mejorara sus condiciones de vida pero que, al cabo, son
traicionados y viven hoy con sus esperanzas, sus sueños, sacudidos.
Por último, la
referencia al dios Jano, además de ser una alegoría que supone la doble
inmadurez del niño y el adulto, la primera exenta de culpa, con rostro risueño,
la segunda con la amarga fisonomía del remordimiento por haber atendido más a
las fantasías que a la realidad, alude a aquel famoso fallido de María Eugenia
Vidal en campaña “cambiamos futuro por pasado”.
Lamentable,
porque quienes no votamos a Macri y tuvimos el llamado de la realidad y el
sentido común debemos padecerlo y cambiar futuro por pasado y, a la fuerza, nos
han ubicado y nos siguen posicionando frente a la peor cara de la deidad
romana. Mientras los ejecutivos devenidos en gobernantes juegan a la política e
intentan aprender el juego y, sin arrepentimiento alguno, siguen haciendo
negocios y ganando dinero a través de las oportunidades que les brinda el
poder, el pueblo entero, quienes lo votaron y lloran sus culpas y quienes no lo
hicimos y sufrimos a causa de sus ambiciones y sus inocencias psicopáticas,
sufrimos, todos por igual, las consecuencias.
El dios Jano
es también el de los comienzos, el que le ha dado su nombre al mes de enero, el
de los cambios y las transiciones. En antiguas leyendas simbolizó el auge de la
agricultura de cosechas copiosas, o sea, de la riqueza. Esperemos tener la
suficiente salud psíquica en el futuro no muy lejano para no confundir los
mitos, las fantasías, con la realidad. Para que los dioses que, como Jano,
sostuvieron las esperanzas de una vida mejor no nos confundan y nos iluminen
con la luz que irradian los versos de mi padre.
Amílcar Luis
Blanco
martes, 16 de octubre de 2018
EL ESPEJO EN EL QUE NO SE MIRAN CIERTOS POLÍTICOS.
EL
ESPEJO EN EL QUE NO SE MIRAN CIERTOS POLÍTICOS.
No es el que nos devuelve el
rostro y el cuerpo sino el que nos indica una posición en la que estamos
ubicados con relación a las otras cosas y los otros seres que no somos
nosotros. Ese espejo es el de la inteligencia con la que deberíamos mirar
siempre la realidad para saber dónde estamos parados. Para los filósofos
griegos inteligencia significaba cabalmente “estar entre los entes”, sean éstos
cosas, personas, lugares. Es el saber situarse entre ellos, el saber ubicarse
y, por consiguiente, el tomar la posición plausible para cada uno, la mejor que
se pueda, la más inteligente.
No es sin embargo éste, el
de la inteligencia, el espejo en el que se miran ciertos políticos que, a todas
luces, se desubican. Por caso Pichetto, Urtubey, Massa y Schiaretti no se ven
en la realidad que los circunda. No hay decisión más desubicada, menos
inteligente, que la de haber decidido formar ese cuarteto. Todos ellos han
salido de la matriz de los Kirchner. Sin la exitosa gestión de Néstor y de
Cristina Kirchner ni siquiera se hubieran hecho visibles políticamente, no
existirían. Entonces, cabe preguntarse, cuando miran la realidad, ¿cómo se ven
a sí mismos? En el sentido griego de la palabra, único practicable, sobre todo
políticamente.
Si repasamos los
antecedentes de cada uno de ellos y los observamos sin necesitar espejos porque
estamos de éste lado de sus superficies cristalinas y azogadas, nos damos
cuenta de que, por ejemplo, en Río Negro el senador del cuarteto ha perdido. De
Massa ni hablar, todos vemos y vimos cómo el Frente Renovador que él preside ha
ayudado al macrismo en todo, sus integrantes han votado, legitimándolas, todas
las leyes más nocivas para el conjunto social que el polo “Cambiemos” ha
prohijado, no obstante que, como invitados a los programas de televisión, hipócritamente,
hayan denostado las políticas macristas y hayan dicho que ellos dialogaban,
corregían y defendían la gobernabilidad. Urtubey ha sido y es el rey de los
hipócritas, ha profesado y profesa una idea “pseudofederal” del peronismo que
no es tal, pero en la que encuentra, junto a Schiaretti, un sustento meramente
retórico y conjetural para promoverse. Porque, por supuesto, el verdadero
federalismo, el de caudillos como Facundo Quiroga, Chacho Peñaloza, Solano
López o José Gervasio de Artigas quienes defendieron celosamente sus enclaves
territoriales de la voracidad del puerto de Buenos Aires y su clase dominante,
ameritaría que ellos se pararan de manos frente a Macri y sus secuaces, quienes
no sólo traicionan las autonomías provinciales sino también la soberanía
nacional.
Pero ellos no miran la
realidad con inteligencia, no se ubican y, al desubicarse – y para ellos
posicionarse inteligentemente sería
apoyar el lado Cristina, el lado kirchnerista del peronismo, dándole un
espaldarazo a la unidad del campo nacional y popular – desubican a muchos que aun
mirándolos desde este lado del espejo, aun no entendiéndolos del todo,
desperdiciarán sus votos quitándoles puntos porcentuales a Cristina o al
candidato que ella proponga.
El pueblo pide y necesita
líderes inteligentes. La única lucha que podrá liberarnos del caos, del marasmo
en el que hemos caído todos al haber, muchos de nosotros, votado tan mal, tan a contramano de nuestros propios
intereses mayoritarios, es la que demos con inteligencia, inteligencia para
mirar la realidad, para darnos cuenta donde estamos parados y qué posición
debemos elegir para hacernos visibles en
esa realidad y actuar en consecuencia.
Amílcar Luis Blanco. (Pintura de Edouard Manet)
martes, 17 de julio de 2018
EL TELÓN DE FONDO. LA INSATISFACCIÓN.

La conciencia de nuestra insignificancia, de la insinceridad
o impostura constante de nuestros comportamientos dispara sentimientos y estados de ánimo negativos y, además,
debilita constantemente también nuestros sentimientos y estados de ánimo
positivos. Interactúa constantemente con ellos. Desarticula y desarma
constantemente la voluntad de ser proveniente del sentimiento amoroso, del eros
freudiano, de raigambre mitológica y griega. Deprime, entristece, produce melancolía y angustia y favorece la
pulsión de muerte, el tanatos freudiano, también deificado por el imaginario egeo.
Las
percepciones de experiencias externas están teñidas, bañadas, por estas
percepciones internas que tienen como telón de fondo la conciencia de la
insignificancia, de la falta de sentido, de la ausencia total de alguna
significación profunda que otorgue razón de ser a nuestra existencia. El
movernos en el mundo interpretado de la elegía de Rilke, en el mundo
inauténtico, atravesado y mediado por la nada, descrito ontológicamente por Heidegger
y por Sartre, o en el mundo del absurdo al que alude también Camus, en el que
el poder instituido y trasmitido desde la cuna hasta la tumba por los
adiestradores y vigiladores de los cuerpos y las almas que Foucault refiere y que
ha desembocado en la modernidad líquida caracterizada por Bauman, nos ha hecho
víctimas más o menos conscientes de este sentimiento de insignificancia.
Solamente
la voluntad, ya prefigurada por Nietzsche y por Schopenhauer, se opone a este
horizonte de escasas posibilidades para la realización del ser en el mundo.
Entre los sentimientos negativos se dispara permanentemente el de
insatisfacción. El sentimiento de insatisfacción mantiene abiertos los deseos
que jamás o muy escasas veces llegan a satisfacerse y son el motor de nuestras
acciones y comportamientos en nuestra sociedad de consumo.
La ansiedad, la angustia, la desazón, el tedio y el aburrimiento que sobrevienen al estado de insatisfacción se emparentan con la nausea sartreana, con la indiferencia e impasibilidad que anima la vida de Mersault, el extranjero protagonista de la novela de Albert Camus. Ya no se trata tampoco de Ivan Karamazov, ni de Alioscha, ni del Rascovnicov, los antiheroes de Dostoyevski, que procuraban limpiar de sí los sentimientos de culpa a la que posteriormente Freud atribuiría, por los grados de represión a que se los somete, el malestar en la cultura. No, el personaje que hoy predomina es el de Gregorio Samsa, el hombre que se ha transformado en insecto a fuerza de tener que aceptar y asimilar un mundo en el que su insignificancia al servicio de las cosas y de los poderes que se le imponen con mandatos que no puede resistir se ha acentuado, se ha sobredimensionado transformándolo en una cucaracha impedida de comunicarse y de satisfacer sus inocentes deseos de comodidad de muchacho perteneciente a una familia de la burguesía media. La realidad doméstica, hogareña, de tregua entre su trabajo y su pequeña posibilidad de libertad, se ha subvertido y sublevado, lo ha convertido en una horrible cucaracha.
Y en este infierno imaginado por Kafka vivimos hoy los argentinos. Impotentes para defendernos, mediados constantemente por el actual imaginario que propalan e inyectan los medios hegemónicos monopólicos que en nada se parece al imaginario que imaginaban los griegos con sus dioses olímpicos que encarnaban pasiones, ambiciones, deseos, odios, amores y toda la constelación de sentimientos humanos, muy humanos; que mezclaban sus influencias entre los heroes egeos y troyanos para que lucharan cuerpo a cuerpo y alma a alma y sufrieran, padecieran o disfrutaran sus destinos. No, el universo que los medios estimulan hoy en los imaginarios humanos es el de la individualización cada vez más acentuada, el de la soledad, el de seres que se aislan más y más para autoabastecerse y responsabilizarse de sus propios destinos, que cultivan la meritocracia y que cuando ya no sirven y dejan de ser útiles y utilizables se extravían y están solos, impotentes, inermes frente a las poderosas fantasmagorías que los emplean, a corporaciones que los usan y cuando los han agotado en sus capacidades de trabajo los desechan, se deshacen de ellos, los despiden, exiliándolos hacia un anonimato feroz. El hombre sin trabajo pierde sus relaciones de valor. Se siente sin nada para ofrecer ni para ofrecerse. En ese momento se opera una transformación, una metamorfosis. En ese momento lo que había de humanidad en ellos se disuelve.
Volvemos así a la cucaracha, a la tragedia de Gregorio Samsa, el protagonista de "La metamorfosis" de Kafka que una mañana, tras una noche de sueños inquietos, al despertarse, descubre poco a poco que se ha convertido en un insecto. Está incomunicado, exiliado en su propio hogar. No puede acudir siquiera a su hermana que lo ama. A ningún miembro de su familia. Está sólo y aislado, en el peor infierno que es el de la incomunicación, la impotencia, la soledad.
Y ¿qué ocurre en la Argentina de hoy gobernada por corporaciones fantasmagóricas, gestionadas por ceos o gerentes que sólo saben incrementar ganancias y dividendos, succionándolos de los recursos del pueblo, de un pueblo desmembrado y dividido en individualidades denominadas "recursos humanos", utilizables y desechables como las materias primas que trabajan, a quienes se les paga el salario más barato para reducir costos, a quienes se les impide discutirlos en paritarias libres y que cuando se jubilan reciben montos siempre por debajo de la linea de pobreza, que ocurre cuando los artículos de primera necesidad están cada vez más caros y las tarifas del gas, la luz, el agua, el transporte, elementos básicos indispensables, se vuelven inaccecibles para sus ingresos? ¿Acaso esta impotencia generada por la sensible disminución de sus posibilidades de compra no los vuelve también impotentes, no los deja incomunicados, no los transforma en insectos? ¿Qué es la pobreza material, la falta de lo más elemental sino una amputación bárbara de vida posible, de mundo practicable? ¿Qué es sino un robo cometido por los que más tienen, los ricos, contra los que menos tienen, contra, con palabras de Jorge Manrique, "los que viven por sus manos"?
Y en este infierno imaginado por Kafka vivimos hoy los argentinos. Impotentes para defendernos, mediados constantemente por el actual imaginario que propalan e inyectan los medios hegemónicos monopólicos que en nada se parece al imaginario que imaginaban los griegos con sus dioses olímpicos que encarnaban pasiones, ambiciones, deseos, odios, amores y toda la constelación de sentimientos humanos, muy humanos; que mezclaban sus influencias entre los heroes egeos y troyanos para que lucharan cuerpo a cuerpo y alma a alma y sufrieran, padecieran o disfrutaran sus destinos. No, el universo que los medios estimulan hoy en los imaginarios humanos es el de la individualización cada vez más acentuada, el de la soledad, el de seres que se aislan más y más para autoabastecerse y responsabilizarse de sus propios destinos, que cultivan la meritocracia y que cuando ya no sirven y dejan de ser útiles y utilizables se extravían y están solos, impotentes, inermes frente a las poderosas fantasmagorías que los emplean, a corporaciones que los usan y cuando los han agotado en sus capacidades de trabajo los desechan, se deshacen de ellos, los despiden, exiliándolos hacia un anonimato feroz. El hombre sin trabajo pierde sus relaciones de valor. Se siente sin nada para ofrecer ni para ofrecerse. En ese momento se opera una transformación, una metamorfosis. En ese momento lo que había de humanidad en ellos se disuelve.
Volvemos así a la cucaracha, a la tragedia de Gregorio Samsa, el protagonista de "La metamorfosis" de Kafka que una mañana, tras una noche de sueños inquietos, al despertarse, descubre poco a poco que se ha convertido en un insecto. Está incomunicado, exiliado en su propio hogar. No puede acudir siquiera a su hermana que lo ama. A ningún miembro de su familia. Está sólo y aislado, en el peor infierno que es el de la incomunicación, la impotencia, la soledad.
Y ¿qué ocurre en la Argentina de hoy gobernada por corporaciones fantasmagóricas, gestionadas por ceos o gerentes que sólo saben incrementar ganancias y dividendos, succionándolos de los recursos del pueblo, de un pueblo desmembrado y dividido en individualidades denominadas "recursos humanos", utilizables y desechables como las materias primas que trabajan, a quienes se les paga el salario más barato para reducir costos, a quienes se les impide discutirlos en paritarias libres y que cuando se jubilan reciben montos siempre por debajo de la linea de pobreza, que ocurre cuando los artículos de primera necesidad están cada vez más caros y las tarifas del gas, la luz, el agua, el transporte, elementos básicos indispensables, se vuelven inaccecibles para sus ingresos? ¿Acaso esta impotencia generada por la sensible disminución de sus posibilidades de compra no los vuelve también impotentes, no los deja incomunicados, no los transforma en insectos? ¿Qué es la pobreza material, la falta de lo más elemental sino una amputación bárbara de vida posible, de mundo practicable? ¿Qué es sino un robo cometido por los que más tienen, los ricos, contra los que menos tienen, contra, con palabras de Jorge Manrique, "los que viven por sus manos"?
Amílcar Luis Blanco (Pintura de Fermín Eguía)
viernes, 13 de julio de 2018
LA INSECTIFICACIÓN Y LA PARODIA

La cuestión del fingimiento constante y de nuestra correspondiente insectificación entre el mundo de las cosas, el mundo cosificado pero "insectificado" por un humanismo que ya no lo es más en el sentido tradicional o ya consagrado de las palabras "humanismo" o "humanidad", viene a colocarnos en una devaluación, detrimento o degradación de las significaciones aludidas con estas palabras. El hecho de actuar, en esta era que se ha denominado neoliberal o de capitalismo extremo, como depredadores de la naturaleza acentúa todavía más nuestra conversión en "insectos"; en una especie de plaga destructora, similar a como percibimos nosotros a las hormigas termitas o los virus. Somos el virus del planeta, de esta tierra que es un punto en el universo. Las cosas, los objetos, adquieren así más relevancia, más prestancia, mayor visibilidad y tangibilidad que nosotros mismos. La cosificación del mundo, una realidad crecientemente cosificada, nos recibe como a insectos, virus, gérmenes, microorganismos pululando en ella, en su seno constituido por una empiria anfractuosa y difícil en la que el "ser en sí", que Sartre definiera en "El ser y la nada", derrota o demuele nuestro "ser para sí" en tanto recipiente y sensibilidad del mundo cosificado, en tanto conciencia.
Si he elegido una categoría de seres vivos que estudian los entomólogos para compararnos como seres "humanos", como "humanidad", y en cambio he desechado para esa comparación a los otros seres del mundo animal que no son insectos, ha sido principalmente porque estimo que los hombres hemos abandonado la selva, no sólo cuantitativa sino también cualitativamente. Es decir, hemos abandonado, en una casi unánime proporción, la lucha. Ansiamos sobrevivir de un modo más parecido al de los gusanos que al de los monos o los leones. Se entiende, creo. Nos hemos degradado de un modo significativo. Porque son los significados, los que vio Lacan como estructura del lenguaje y el inconsciente, los que nos han extraviado llevándonos a desnudar una significación mucho menos lucida, mucho menos brillante que la que, desde la enciclopedia y el iluminismo, soñábamos para nosotros como humanidad. Incluso el mundo salvaje que postuló Thomas Hobbes en su "Leviatán" como estado precontractual para nuestra vida social tiene menos características de selva, heroicidad o épica y muchas más de plaga y putrefacción, de decadencia que de progreso, de involución que de evolución. Es decir, estamos inmersos en la insignificación constante y sobrevivimos en una lucha sorda y degradante en la que procuramos obtener el pan al precio que sea. Los valores morales, éticos, los principios,se han evaporado. Sólo se fingen. Disimulamos, simulamos, escondemos, enmascaramos la insignificancia de un modo paródico e hipócrita.
Lewis Carroll pudo colocar a Alicia en el país de las maravillas porque entonces, siglo XIX, los animalitos podían imitar a los seres humanos y categorizarse o valorizarse aunque pudieran resultar paródicos y hasta grotescos y provocarnos risas porque ellos corporizaban, exagerándolas, nuestras características absurdas y ridículas, hoy, la visión se ha invertido y si nosotros imitamos a los animales nos categorizamos o valorizamos, pero, frente a ellos, quedamos ridículos, débiles, impotentes.
Amílcar Luis Blanco (Pintura de Fermín Eguía)
miércoles, 11 de julio de 2018
EL FINGIMIENTO CONSTANTE

Como en el fútbol o en cualquier otro juego o deporte en nuestra vida gregaria hay reglas, principios. En el caso de los juegos o deportes si no se respetan las reglas, los principios del juego, los jueces o árbitros penalizan las infracciones. Sin embargo todos sabemos que hay penales que no se cobran y otros que no lo son y se cobran y uno de los equipos pierde el partido por un penal mal cobrado. Los jueces suelen equivocarse, no son infalibles. En el caso de nuestras vidas en las que actuamos interactivamente unos con otros solemos cometer infracciones a los principios, incluso olvidarnos de ellos y también ser injustamente castigados por acciones o comportamientos que han sido mal interpretados. En el estado de "abierto e interpretado", al que se refiere Heidegger en "Ser y tiempo", en el que el mundo recibe nuestras existencias constantemente ("nuestra caída") mientras vivimos y en el que nuestro "ser ente" utilizable y utilizado nos manifiesta y se manifiesta entre los otros seres-ente y las cosas a las que servimos, los principios, las reglas, diluyen constantemente sus contenidos programáticos y sus significaciones profundas en un enmascaramiento procaz y frívolo.
En este marco, las luchas se convierten en juegos y se metamorfosean continuamente en la temporalidad. Se sumergen en el torrente de un tiempo de velocidades diferentes al que le confieren una dialéctica minuciosa y detallada en cada experiencia. No sólo la de ideas que luchan por prevalecer y conquistar un equilibrio que las comprenda y exprese en una realización histórica nueva, como explicara Hegel ( su idealismo dialéctico), no sólo la de clases que luchan por el poder para imponerse unas sobre otras como quiere el materialismo dialéctico e histórico de Carlos Marx, tampoco únicamente el mesianismo redentor que despoja de las finalidades de progreso alguno a la historia según la mirada de Walter Benjamín en su tesis sobre la filosofía de la historia, no, sino también como una permanente desrealización, enmascaramiento, fingimiento, ficcionalización de la realidad subjetivada sin tregua. Es decir que, aunque se tenga presente el proceso de totalización y destotalización de esas dialécticas, según la crítica de Sartre en su "Crítica de la razón dialéctica", aunque se contemple la desdivinización de la historia y el entronizamiento de la voluntad, que viene de Schopenhauer y de Nietzsche, todavía resta esta aceptación de la existencia como juego, en el que nuestro ser no sólo "vacila" en "su paso por un mundo interpretado" como agudamente señala Rainer María Rilke, sino que también se metamorfosea, se transforma hasta convertirse incluso en un insecto según la iluminada visión de Kafka.
De modo entonces de vivir y vivirse en un fingimiento constante. Sobre una plataforma de actuaciones aceptadas por todos como una condición de posibilidad para que el juego siga. Porque el juego de nuestras vidas además no puede detenerse sino con la muerte individual, una salida definitiva por cierto. De modo también que los valores y virtudes guardados en los principios morales, éticos, se metamorfosean con nosotros en una también constante evaporación o deposición, expulsión y olvido.
Amílcar Luis Blanco (Pintura de Fermín Eguía)
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