martes, 16 de octubre de 2018

EL ESPEJO EN EL QUE NO SE MIRAN CIERTOS POLÍTICOS.



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EL ESPEJO EN EL QUE NO SE MIRAN CIERTOS POLÍTICOS.

                                                               No es el que nos devuelve el rostro y el cuerpo sino el que nos indica una posición en la que estamos ubicados con relación a las otras cosas y los otros seres que no somos nosotros. Ese espejo es el de la inteligencia con la que deberíamos mirar siempre la realidad para saber dónde estamos parados. Para los filósofos griegos inteligencia significaba cabalmente “estar entre los entes”, sean éstos cosas, personas, lugares. Es el saber situarse entre ellos, el saber ubicarse y, por consiguiente, el tomar la posición plausible para cada uno, la mejor que se pueda, la más inteligente.
                                                             No es sin embargo éste, el de la inteligencia, el espejo en el que se miran ciertos políticos que, a todas luces, se desubican. Por caso Pichetto, Urtubey, Massa y Schiaretti no se ven en la realidad que los circunda. No hay decisión más desubicada, menos inteligente, que la de haber decidido formar ese cuarteto. Todos ellos han salido de la matriz de los Kirchner. Sin la exitosa gestión de Néstor y de Cristina Kirchner ni siquiera se hubieran hecho visibles políticamente, no existirían. Entonces, cabe preguntarse, cuando miran la realidad, ¿cómo se ven a sí mismos? En el sentido griego de la palabra, único practicable, sobre todo políticamente.
                                                      Si repasamos los antecedentes de cada uno de ellos y los observamos sin necesitar espejos porque estamos de éste lado de sus superficies cristalinas y azogadas, nos damos cuenta de que, por ejemplo, en Río Negro el senador del cuarteto ha perdido. De Massa ni hablar, todos vemos y vimos cómo el Frente Renovador que él preside ha ayudado al macrismo en todo, sus integrantes han votado, legitimándolas, todas las leyes más nocivas para el conjunto social que el polo “Cambiemos” ha prohijado, no obstante que, como invitados a los programas de televisión, hipócritamente, hayan denostado las políticas macristas y hayan dicho que ellos dialogaban, corregían y defendían la gobernabilidad. Urtubey ha sido y es el rey de los hipócritas, ha profesado y profesa una idea “pseudofederal” del peronismo que no es tal, pero en la que encuentra, junto a Schiaretti, un sustento meramente retórico y conjetural para promoverse. Porque, por supuesto, el verdadero federalismo, el de caudillos como Facundo Quiroga, Chacho Peñaloza, Solano López o José Gervasio de Artigas quienes defendieron celosamente sus enclaves territoriales de la voracidad del puerto de Buenos Aires y su clase dominante, ameritaría que ellos se pararan de manos frente a Macri y sus secuaces, quienes no sólo traicionan las autonomías provinciales sino también la soberanía nacional.
                                                        Pero ellos no miran la realidad con inteligencia, no se ubican y, al desubicarse – y para ellos posicionarse inteligentemente sería  apoyar el lado Cristina, el lado kirchnerista del peronismo, dándole un espaldarazo a la unidad del campo nacional y popular – desubican a muchos que aun mirándolos desde este lado del espejo, aun no entendiéndolos del todo, desperdiciarán sus votos quitándoles puntos porcentuales a Cristina o al candidato que ella proponga.
                                                      El pueblo pide y necesita líderes inteligentes. La única lucha que podrá liberarnos del caos, del marasmo en el que hemos caído todos al haber, muchos de nosotros, votado  tan mal, tan a contramano de nuestros propios intereses mayoritarios, es la que demos con inteligencia, inteligencia para mirar la realidad, para darnos cuenta donde estamos parados y qué posición debemos elegir  para hacernos visibles en esa realidad y actuar en consecuencia.


Amílcar Luis Blanco. (Pintura de Edouard Manet)

martes, 17 de julio de 2018

EL TELÓN DE FONDO. LA INSATISFACCIÓN.


Fermin Eguia


                                          La conciencia de nuestra insignificancia, de la insinceridad o impostura constante de nuestros comportamientos dispara sentimientos  y estados de ánimo negativos y, además, debilita constantemente también nuestros sentimientos y estados de ánimo positivos. Interactúa constantemente con ellos. Desarticula y desarma constantemente la voluntad de ser proveniente del sentimiento amoroso, del eros freudiano, de raigambre mitológica y griega. Deprime, entristece, produce melancolía y angustia y favorece la pulsión de muerte, el tanatos freudiano, también deificado por el imaginario egeo.
                                           Las percepciones de experiencias externas están teñidas, bañadas, por estas percepciones internas que tienen como telón de fondo la conciencia de la insignificancia, de la falta de sentido, de la ausencia total de alguna significación profunda que otorgue razón de ser a nuestra existencia. El movernos en el mundo interpretado de la elegía de Rilke, en el mundo inauténtico, atravesado y mediado por la nada, descrito ontológicamente por Heidegger y por Sartre, o en el mundo del absurdo al que alude también Camus, en el que el poder instituido y trasmitido desde la cuna hasta la tumba por los adiestradores y vigiladores de los cuerpos y las almas que Foucault refiere y que ha desembocado en la modernidad líquida caracterizada por Bauman, nos ha hecho víctimas más o menos conscientes de este sentimiento de insignificancia.

                                         Solamente la voluntad, ya prefigurada por Nietzsche y por Schopenhauer, se opone a este horizonte de escasas posibilidades para la realización del ser en el mundo. Entre los sentimientos negativos se dispara permanentemente el de insatisfacción. El sentimiento de insatisfacción mantiene abiertos los deseos que jamás o muy escasas veces llegan a satisfacerse y son el motor de nuestras acciones y comportamientos en nuestra sociedad de consumo.

                                            La ansiedad, la angustia, la desazón, el tedio y el aburrimiento que sobrevienen al estado de insatisfacción se emparentan con la nausea sartreana, con la indiferencia e impasibilidad que anima la vida de Mersault, el extranjero protagonista de la novela de Albert Camus. Ya no se trata tampoco de Ivan Karamazov, ni de Alioscha, ni del Rascovnicov, los antiheroes de Dostoyevski, que procuraban limpiar de sí los sentimientos de culpa a la que posteriormente Freud atribuiría, por los grados de represión a que se los somete, el malestar en la cultura. No, el personaje que hoy predomina es el de Gregorio Samsa, el hombre que se ha transformado en insecto a fuerza de tener que aceptar y asimilar un mundo en el que su insignificancia al servicio de las cosas y de los poderes que se le imponen con mandatos que no puede resistir se ha acentuado, se ha sobredimensionado transformándolo en una cucaracha impedida de comunicarse y de satisfacer sus inocentes deseos de comodidad de muchacho perteneciente a una familia de la burguesía media. La realidad doméstica, hogareña, de tregua entre su trabajo y su pequeña posibilidad de libertad, se ha subvertido y sublevado, lo ha convertido en una horrible cucaracha.
                                                        Y en este infierno imaginado por Kafka vivimos hoy los argentinos. Impotentes para defendernos, mediados constantemente por el actual imaginario que propalan e inyectan los medios hegemónicos monopólicos que en nada se parece al imaginario que imaginaban los griegos con sus dioses olímpicos que encarnaban pasiones, ambiciones, deseos, odios, amores y toda la constelación de sentimientos humanos, muy humanos; que mezclaban sus influencias entre los heroes egeos y troyanos para que lucharan cuerpo a cuerpo y alma a alma y sufrieran, padecieran o disfrutaran sus destinos. No, el universo que  los medios estimulan hoy en los imaginarios humanos es el de la individualización cada vez más acentuada, el de la soledad, el de seres que se aislan más y más para autoabastecerse y responsabilizarse de sus propios destinos, que cultivan la meritocracia y que cuando ya no  sirven y dejan de ser útiles y utilizables se extravían y están solos, impotentes, inermes frente a las poderosas fantasmagorías que los emplean, a corporaciones que los usan y cuando los han agotado en sus capacidades de trabajo los desechan, se deshacen de ellos, los despiden, exiliándolos hacia un anonimato feroz. El hombre sin trabajo pierde sus relaciones de valor. Se siente sin nada para ofrecer ni para ofrecerse. En ese momento se opera una transformación, una metamorfosis. En ese momento lo que había de humanidad en ellos se disuelve.

                                                           Volvemos así a la cucaracha, a la  tragedia de Gregorio Samsa, el protagonista de "La metamorfosis" de Kafka que una mañana, tras una noche de sueños inquietos, al despertarse, descubre poco a poco que se ha convertido en un insecto.  Está incomunicado, exiliado en su propio hogar. No puede acudir siquiera a su hermana que lo ama. A ningún miembro de su familia. Está sólo y aislado, en el peor infierno que es el de la incomunicación, la impotencia, la soledad.

                                                           Y ¿qué ocurre en la Argentina de hoy gobernada por corporaciones fantasmagóricas, gestionadas por ceos o gerentes que sólo saben incrementar ganancias y dividendos, succionándolos de los recursos del pueblo, de un pueblo desmembrado y dividido en individualidades denominadas "recursos humanos", utilizables y desechables como las materias primas que trabajan, a quienes se les paga el salario más barato para reducir costos, a quienes se les impide discutirlos en paritarias libres y que cuando se jubilan reciben montos siempre por debajo de la linea de pobreza, que ocurre cuando los artículos de primera necesidad están cada vez más caros y las tarifas del gas, la luz, el agua, el transporte, elementos básicos indispensables, se vuelven inaccecibles para sus ingresos? ¿Acaso esta impotencia generada por la sensible disminución de sus posibilidades de compra no los vuelve también impotentes, no los deja incomunicados, no los transforma en insectos? ¿Qué es la pobreza material, la falta de lo más elemental sino una amputación bárbara de vida posible, de mundo practicable? ¿Qué es sino un robo cometido por los que más tienen,  los ricos, contra los que menos tienen, contra, con palabras de Jorge Manrique, "los que viven por sus manos"?

Amílcar Luis Blanco (Pintura de Fermín Eguía)

viernes, 13 de julio de 2018

LA INSECTIFICACIÓN Y LA PARODIA






                                La cuestión del fingimiento constante y de nuestra correspondiente insectificación entre el mundo de las cosas, el mundo cosificado pero "insectificado" por un humanismo que ya no lo es más en el sentido tradicional o ya consagrado de las palabras "humanismo" o "humanidad", viene a colocarnos en una devaluación, detrimento o degradación de las significaciones aludidas con estas palabras. El hecho de actuar, en esta era que se ha denominado neoliberal o de capitalismo extremo, como depredadores de la naturaleza acentúa todavía más nuestra conversión en "insectos"; en una especie de plaga destructora, similar a como percibimos nosotros a las hormigas termitas o los virus. Somos el virus del planeta, de esta tierra que es un punto en el universo. Las cosas, los objetos, adquieren así más relevancia, más prestancia, mayor visibilidad y tangibilidad que nosotros mismos. La cosificación del mundo, una realidad crecientemente cosificada, nos recibe como a insectos, virus, gérmenes, microorganismos pululando en ella, en su seno constituido por una empiria anfractuosa y difícil en la que el "ser en sí", que Sartre definiera  en "El ser y la nada", derrota o demuele nuestro "ser para sí"  en tanto recipiente y sensibilidad del mundo cosificado, en tanto conciencia.
                             Si he elegido una categoría de seres vivos que estudian los entomólogos para compararnos como seres "humanos", como "humanidad", y en cambio he desechado para esa comparación a los otros seres del mundo animal que no son insectos, ha sido principalmente porque estimo que los hombres hemos abandonado la selva, no sólo cuantitativa sino también cualitativamente. Es decir, hemos abandonado, en una casi unánime proporción, la lucha. Ansiamos sobrevivir de un modo más parecido al de los gusanos que al de los monos o los leones. Se entiende, creo. Nos hemos degradado de un modo significativo. Porque son los significados, los que vio Lacan como estructura del lenguaje y el inconsciente, los que nos han extraviado llevándonos a desnudar una significación mucho menos lucida, mucho menos  brillante que la que, desde la enciclopedia y el iluminismo, soñábamos para nosotros como humanidad. Incluso el mundo salvaje que postuló Thomas Hobbes en su "Leviatán" como estado precontractual para nuestra vida social tiene menos características de selva, heroicidad o épica y muchas más de plaga y putrefacción, de decadencia que de progreso, de involución que de evolución. Es decir, estamos inmersos en la insignificación  constante y sobrevivimos en una lucha sorda y degradante en la que procuramos obtener el pan  al precio que sea. Los valores morales, éticos, los principios,se han evaporado. Sólo se fingen. Disimulamos, simulamos, escondemos, enmascaramos la insignificancia de un modo paródico e hipócrita.
                                     Lewis Carroll pudo colocar a Alicia en el país de las maravillas porque entonces, siglo XIX, los animalitos podían imitar a los seres humanos y categorizarse o valorizarse aunque pudieran resultar paródicos y hasta grotescos y provocarnos risas porque ellos corporizaban, exagerándolas, nuestras características absurdas y ridículas, hoy, la visión se ha invertido y si nosotros imitamos a los animales nos categorizamos o valorizamos, pero, frente a ellos, quedamos ridículos, débiles, impotentes.

Amílcar Luis Blanco (Pintura de Fermín Eguía)

miércoles, 11 de julio de 2018

EL FINGIMIENTO CONSTANTE




Fermin Eguia


                                               Como en el fútbol o en cualquier otro juego o deporte en nuestra vida gregaria hay reglas, principios. En el caso de los juegos o deportes si no se respetan las reglas, los principios del juego, los jueces o árbitros penalizan las infracciones. Sin embargo todos sabemos que hay penales que no se cobran y otros que no lo son y se cobran y uno de los equipos pierde el partido por un penal mal cobrado. Los jueces suelen equivocarse, no son infalibles. En el caso de nuestras vidas en las que actuamos interactivamente unos con otros solemos cometer infracciones a los principios, incluso olvidarnos de ellos y también ser injustamente castigados por acciones o comportamientos que han sido mal interpretados. En el estado de "abierto e interpretado", al que se refiere Heidegger en "Ser y tiempo", en el que el mundo recibe nuestras existencias constantemente ("nuestra caída") mientras vivimos y en el que nuestro "ser ente" utilizable y utilizado nos manifiesta y se manifiesta entre los otros seres-ente y las cosas a las que servimos, los principios, las reglas, diluyen constantemente sus contenidos programáticos y sus significaciones profundas en un enmascaramiento procaz y frívolo. 
                                        En este marco, las luchas se convierten en juegos y se metamorfosean continuamente en la temporalidad. Se sumergen en el torrente de un tiempo de velocidades diferentes al que le confieren una dialéctica minuciosa y detallada en cada experiencia. No sólo la de ideas que luchan por prevalecer y conquistar un equilibrio que las comprenda y exprese en una realización histórica nueva, como explicara Hegel ( su idealismo dialéctico), no sólo la de clases que luchan por el poder para imponerse unas sobre otras como quiere el materialismo dialéctico e histórico de Carlos Marx, tampoco únicamente el mesianismo redentor que despoja de las finalidades de progreso alguno a la historia según la mirada de Walter Benjamín en su tesis sobre la filosofía de la historia, no, sino también como una permanente desrealización, enmascaramiento, fingimiento, ficcionalización de la realidad subjetivada sin tregua. Es decir que, aunque se tenga presente el proceso de totalización y destotalización de esas dialécticas, según la crítica de Sartre en su "Crítica de la razón dialéctica", aunque se contemple la desdivinización de la historia y el entronizamiento de la voluntad, que viene de Schopenhauer y de Nietzsche, todavía resta esta aceptación de la existencia como juego, en el que nuestro ser no sólo "vacila" en "su paso por un mundo interpretado" como agudamente señala Rainer María Rilke, sino que también se metamorfosea, se transforma hasta convertirse incluso en un insecto según la iluminada visión de Kafka.
                                                De modo entonces de vivir y vivirse en un fingimiento constante. Sobre una plataforma de actuaciones aceptadas por todos como una condición de posibilidad para que el juego siga. Porque el juego de nuestras vidas además no puede detenerse sino con la muerte individual, una salida definitiva por cierto. De modo también que los valores y virtudes guardados en los principios morales, éticos, se  metamorfosean con nosotros en una también constante evaporación o deposición, expulsión y olvido.

Amílcar Luis Blanco  (Pintura de Fermín Eguía)

sábado, 7 de abril de 2018

LA VIDA AQUIESCENTE





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                                                          Por vida aquiescente quiero significar algo más y algo menos que vida consciente. Es decir, no sólo el aspecto o la vertiente del ser reflexivo como lo concibió Descartes sino también y sobre todo el ser sensual, sentimental, gregario, interactivo, en cierto modo entregado a su inautenticidad cotidiana como lo concibió y explicó Heidegger y, en cierto modo, también el boyante, inmerso en una subjetividad lacaniana, atravesado por la nada, condenado a elegir lo que hace a cada momento y bajo la mirada del otro, expuesto en este sentido a esa nada de la que nos hablara Jean Paul Sartre y esclavo de poderes instituidos que lo mantienen pasivamente aherrojado a esas fuentes de disciplinamiento constante, léase reglas, códigos, las que describió Foucault, que lo mantienen descolocado, desasido, en tránsito de sí mismo entre otros seres que padecen simétricas o asimétricas contradicciones. Este ser que somos, en una u otra modalidad ensayada nebulosamente, necesita ejercer de un modo nuevo su conciencia. Inaugurarla y ejercerla en un estado de casi constante rebelión. Es decir en un modo de alzamiento o vigilia que, a cada paso, considere, íntimamente, las alternativas de valor y disvalor que se le presenten en su vida gregaria, de interacción constante con los demás, con ese prójimo próximo e inalcanzable.
                                                                Y para ello es menester que ese alambique circunstancial y existencial, ese laboratorio que produce específicos dominantes o inductores de nuestro psiquismo, de esa vida psíquica que es como una embarcación sobre la que navega nuestro ego en un mundo convulsionado, de suelo turbulento como un mar agitado, de un aire tormentoso y denso, cruzado y polucionado por las comunicaciones, requerimientos, provocaciones, propagandas, se fortalezca y adquiera una capacidad que le permita ajustar sus velocidades y resistencias y tener el puerto, la rada o la marina en la que pueda anclar neutralizando los peligros que lo acechan, en permanente disponibilidad y a una distancia alcanzable o razonable.
                                                        Ahora bien, ese moverse o anclar de nuestro ego-embarcación, encendidas las luces, el radar, el sonar, desde su puente que es el psiquismo, ese estado de vigilia apunta  a tener que, ineludiblemente, adentrarnos en nuestros valores y disvalores. El ser odio, o miedo, o ira, el encarnar cualitativamente cualquiera, alguna o algunas de nuestras pasiones destructivas o disvaliosas nos pone en una situación que, por lo menos, impide o dificulta la vida aquiescente. La de una relación íntima y cotidiana con nuestros valores, el amor, la solidaridad, la compasión, el desinterés y el placer que el ejercicio de esos valores nos proporciona, en el sentido de darnos y dimensionarnos para nosotros y los otros, confiriéndonos una proporción que vuelve a humanizarnos.
Podemos referirnos también al suscitarse y mantenerse un estado de rebelión interior. Ese al que alude Albert Camus en "El hombre rebelde", el que no acepta razones que justifiquen el asesinato, el que no acepta ser ni víctima ni verdugo, el que se resiste. El que adopta, como explicara tan brillantemente en una de sus conferencias Jorge Alemán, el vacío del acto instituyente que comienza una revolución y lo mantiene como un componente asiduo de su vigilia cotidiana. En la terminología de Alemán sería el sujeto que se construye a sí mismo partiendo de una subjetividad que a la vez que lo ha parido lo sostiene.
                                                    Entonces la vida aquiescente es a la vez consciente y sentida o experimentada, gozada y padecida, como una entrega en estado de vigilia, como la promoción activa de nuestros valores y el rechazo de los componentes disvaliosos con el que un mundo polucionado, que intenta determinarnos, como la tormenta en el mar al ego-embarcación, hacia el naufragio, nos mantiene a flote, en el rumbo y cercanos a la disponibilidad de un puerto de anclaje más o menos seguro, proporcionándonos entre los seres y las cosas.

                                                              Iluminados y con el reloj a mano y con la vida a mano, al alcance constante de una mirada de la que somos gestores, en la que estamos, nutrida por nuestra presencia consciente, en un estado de aquiescencia, de relación íntima con los demás seres y las cosas, alcanzándonos y alzándonos el tiempo y el espacio que nos contiene como una copa colmada por el vino elegido. Entrañándonos y otras veces extrañándonos, pero siempre transidos por y de un mundo que nos crea constantemente; como si surfearamos sobre la ola de una subjetividad, irguiéndonos sobre su declive en crecimiento, siendo los  sujetos indispensables para nosotros y los otros.

Amílcar Luis Blanco

sábado, 23 de diciembre de 2017

POPULISMO Y DEMOCRACIA VERSUS REPUBLICANISMO Y DEMOCRACIA ARBITRADOS POR EL DERECHO DE PROPIEDAD.-

Este artículo fue escrito en junio de 2015. Creo no haberme equivocado en la evaluación de lo que se venía.-







Este parece ser el match o la pelea de fondo, para expresarlo en términos de crónica deportiva, que se juega entre kirchnerismo y oposición.- Del lado del oficialismo están quienes han defendido y defienden la política entendida como participación popular legitimante, del otro, el de la oposición, el sector conservador, cuantitativamente minoritario, integrado por las corporaciones mediáticas hegemónicas que abrevan también en un empresariado monopólico que apuesta siempre a maximizar sus beneficios como meta exclusiva y excluyente de sus actuaciones .- Estos últimos por sus voceros como Elisa Carrió o Santiago Kovadlof, por ejemplo, hablan de República como opuesta a un supuesto autoritarismo populista, al que no le reconocen su calidad democrática.
Habría que remontarse a las Repúblicas griega y romana, a Platón, a Tito Livio, para recordar que aun en el caso de una república aristocrática – gobierno de las elites apoyadas en las supuestas virtudes correspondientes a la opulencia de una única clase con acceso a la educación – se apostaba al bien común y que, como apuntara el historiador romano, las principales leyes de aquél período histórico político que precedió al imperio en la ciudad de las siete colinas eran las que habían tenido un apoyo tumultuario, las que habían sido plebiscitadas en las asambleas de la plebe, forma de democracia semidirecta que ni siquiera requería que quienes representaban al populacho frente al Senado se independizaran de la voluntad y el propósito de sus mandantes.
Otro tanto puede decirse de los jacobinos que entre 1791 y 1794, dieron forma en Francia, a la primera república y que basaban su autoridad en la soberanía popular, y cuyas posiciones eran  radicales, anticlericales, antimonárquicas. Maximiliano Robespierre (1758-1794) afirmó que “la democracia es un Estado en el que el pueblo soberano, regido por leyes que son obra suya, hace él mismo todo lo que puede hacer, y permite hacer, por medio de delegados, todo lo que él mismo no puede hacer”. En esta definición el líder jacobino conjugó el principio de la soberanía popular con los de la representación política y el Estado de Derecho.

                                                            Como propone en su libro Eduardo Jozami, titulado “¿Custodios de la República o enemigos de la Democracia?, los grupos dominantes que integran ese poder real y actuante, que este Estado de Derecho Democrático y Republicano, con mayúsculas, sustancia en cambio con base en el apoyo popular masivo en las urnas, no sólo no avanzan en propuestas que superen el límite de la representación para gestionar sino que se quedan atrás, retroceden, hacia un concepto de república cuyo único respeto y  principio ordenador es el derecho de propiedad, participando así del concepto que la ministro de Ronald Reagan, Jeanne Kirkpatrick, reservó para la Argentina, quien al distinguir entre gobiernos totalitarios y autoritarios, consideró que la dictadura que gobernaba nuestro país por aquélla época era un gobierno sólo autoritario y tolerable porque respetaba el derecho de propiedad. Es decir, perdida para las minorías opulentas, privilegiadas y prebendarias, desde 1983 hasta ahora, la posibilidad de interrumpir el mandato de gobiernos elegidos por el voto popular mediante golpes militares, brazo seglar y armado de esta clase oligárquica, se apela al recurso de desprestigiar, mentir, sesgar la información, producir corridas cambiarias e inocular odio en la subjetividad de quienes son destinatarios de esta andanada comunicacional tóxica para obtener los mismos objetivos, derrocar al gobierno popular y participativo, cortar la inclusión social, la equidad en la distribución del ingreso y disminuir una demanda global que los obligaría a actuar en el campo económico no únicamente teniendo como meta el beneficio sectorial sino la igualdad y la ética que lleva al bien común y al estado de bienestar.-
El derecho de propiedad como ordenador de los demás derechos, como superior a todos los demás, incluidos la libertad y la igualdad, en esta lógica perversa, en este camino hacia la plutocracia más descarnada, reino de la exclusión, intemperie de anomías, éticas y jurídicas, en la que todo se despersonaliza para quien queda fuera y es condenado a la miseria, basado en una concepción de egoísmo e individualismo máximos, adquiere así una preponderancia que lleva a considerar las explicaciones que Jean Paul Sartre da en “El ser y la nada” acerca de la historia de occidente cuando señala la prevalencia de las cosas, de los objetos, sobre los seres humanos, concretamente con relación a la ruta del oro, su extracción de las minas americanas, su transporte a Europa y la entronización de su posesión y toda la significación que arroja sobre quienes, hombres y mujeres, esclavos y esclavistas, debían actuar alrededor de ese metal precioso. Ese estar al servicio de las cosas, del mundo material. Característica deplorable del espíritu humano que en lo cotidiano nos pasa tan inadvertida y a la que Julio Cortázar en “Historia de cronopios y de famas” pudo referirse destacando lo naturalizado de esa domesticidad y mansedumbre con la que aceptamos un regalo creyendo que es un regalo, cuando hace notar que, al contrario de lo usualmente interpretado, cuando nos regalan un reloj en realidad somos nosotros los regalados al reloj porque en adelante lo cuidaremos, temeremos perderlo, lo compararemos con otros relojes, etcétera.-

Es decir, este costumbrismo de aceptar la prevalencia de lo material y una como indiscutible propensión al acrecentamiento inmoderado de las posesiones materiales como legitimación de toda riqueza y de todo rico, nos pone cada vez más a mayor distancia de ponderar los valores humanos cifrados en la solidaridad, el respeto al otro y a sus derechos a acceder a oportunidades tendientes a lograr la inclusión y la movilidad social y una participación equitativa en el ingreso.- Libertad, igualdad y participación popular dan sentido y contenido a toda democracia e intentan como valores convertirnos en seres más humanos y sobre todo realizarnos como protagonistas de la historia y la cultura, aún desde el punto de vista de nuestra materialidad psicofísica para valernos de los bienes y no para inclinarnos ante sus majestades que nos empobrecen y despotencian cuando los convertimos en la meta más alta de nuestras vidas.

Amílcar Luis Blanco ("La libertad guiando al pueblo", oleo sobre tela de Eugene Delacroix)

jueves, 3 de marzo de 2016

¿NEOLIBERALISMO O NOLIBERALISMO?



La pregunta no está de más. De acuerdo al ideario de Adam Smith y David Ricardo, padres históricos de estas ideologías desprendidas de la revoluciones comercial e industrial que desde los albores del renacimiento, siglos XIII y XIV, más o menos, hasta comienzos del XX, explicaran el funcionamiento de la economía liberal, basada en la concurrencia a los mercados de bienes y servicios de oferentes (productores, fabricantes, comercializadores) en forma plural, masiva, libertaria e igualitaria y demandantes (consumidores) en iguales condiciones, mediante la ley de la oferta y la demanda, determinante de los precios de esos bienes y servicios, hasta lo que vino y sigue aconteciendo después y hasta la actualidad, en la que los monopolios de producción y comercialización se enseñorean, ahora globalmente y sin dejar rincones del planeta en el que no pululen, de esos mercados teniendo en sus ámbitos posiciones dominantes, aquéllos postulados que aludían a la competencia perfecta basada en una plural y cuantitativamente abundante presencia en esas transacciones de los oferentes y que legitimaban en esa libertad e igualdad la denominación o calificativo de liberal para la economía así entendida y practicada, no puede razonarse seria y honestamente que en la actualidad esta economía pueda seguir denominándose y sea considerada "neoliberal". Ello porque el sufijo "neo" significa nuevo y unido al adjetivo "liberal" vendría a querer decir "liberalismo nuevo", es decir un sistema de producción y consumo que conservando las características de pluralidad, masividad, libertad e igualdad, las plantease de un modo por lo menos diferente. Es obvio que esto no sucede. Que, en rigor de verdad, el mal llamado "neoliberalismo" designa un escenario de actores, móviles y resultados que actúan en mercados totalitarios con móviles y resultados acotados que no pueden cambiar quienes se desempeñan en su seno. Tanto productores como consumidores en los extremos de la ecuación que los mantiene vinculados por esos móviles, deseos y necesidades, se mueven sin igualdad, ni libertad y el resultado es una masividad de esclavos que permanecen aherrojados no sólo a la servidumbre ontológica que ya definiera Sartre respecto de los bienes y servicios que están compelidos a necesitar, desear o generar, sino también a una interpretación de esa realidad que vela u oculta constantemente el horizonte de sus posibilidades reales.
Las grandes corporaciones monopólicas todo lo pueden. Manejan los precios en carteles o trusts o como quiera llamárselos, incluso uniones de empresas, de modo discrecional y arbitrario con el único objetivo sempiterno de maximizar sus ganancias, quiero decir las del capital. La rentabilidad es el móvil y la meta de los señores que se sientan en las mesas de los directorios y son poseedores anónimos de las acciones de esas corporaciones. Ellos son anónimos para sus prójimos y sobre todo lo son, en grado mayor, para quienes sufren las consecuencias de ese extendido anonimato que, sin embargo, domina las vidas de los millones de clientes y consumidores de lo que producen o comercializan. No son iguales a quienes están bajo su dominio, tanto como los amos  no fueron jamás iguales a sus esclavos. Las antinomias ya definidas por Hegel y  Marx se actualizan en este presente en el que las corporaciones mediaticas monopólicas se hacen dueñas de todo y hegemonizan y homogeneizan las vidas de las enormes mayorías populares. Lo hacen desde todos los puntos avisorables de la realidad, incluso y sobre todo desde los medios de información que, lejos de informar a esas mayorías, las infectan y envenenan con propagandas subliminales que jamás cesan, como un viento que soplara continuamente.
Se vive entonces en esta asfixia mediática y subliminal. Incluso puede afirmarse que estas grandes corporaciones ni siquiera producen, fabrican, transportan o participan diréctamente del quehacer mundano que se traduce en la creación de bienes y servicios sino que únicamente inducen estos trabajos y realizaciones por medio del dinero, el gran mediador, por medio de los billetes, esos papeles que simbolizan y representan la riqueza. Y aún hay un monopolio omnicomprensivo de todos los demás: la moneda única, la que el planeta acepta para todas sus transacciones de país a país, de continente a continente, es decir, el dólar. Perversidad ésta, la de la moneda única, sobre la que ya, admonitoriamente, Keynes advirtiera que necesariamente llevaría a la depresión porque también destruye la libre concurrencia en el mercado del dinero.
Conclusión: llamemos a las cosas por su nombre. Digamos que la economía de hoy es monopólica o no liberal y no neoliberal ¿Se diferencia de la economía dirigida o completamente estatizada propia del comunismo? Creo que sólo en cuanto a quiénes son los dueños de la riqueza. Entre quienes integran el "politburo" soviético y quienes integran el directorio de una corporación monopólica la única diferencia sería que estos últimos sólo excepcionalmente hablan ruso.

Amilcar Luis Blanco (Imágenes de Adam Smith y David Ricardo)